Aldente y el caso del ratoncito. Capítulo 6: “Una visita inesperada”

Hulkarrón y Macpitufo

Hacía tanto calor en la oficina que decidí salir a comprarme un polo. Pero justo antes de llegar a la puerta, sonó el timbre. Me temí que fuera un nuevo caso, ya que seguía sin resolver el misterio del Ratoncito Pérez y siempre que había intentado solucionar dos casos al mismo tiempo terminaba por ponerme un poco de los nervios. Por eso tuve la tentación de ignorar la puerta y utilizar la escalera de incendios para llegar hasta la calle. Pero antes de que pudiera reaccionar, Robotijo ya había hecho pasar a los recién llegados. Se plantaron ante mí y me miraron ilusionados.
-¡Primo! -exclamaron al unísono.
Yo me había quedado de piedra. Ahí mismo, a menos de dos palmos, tenía a mis dos primos más lejanos: Hulkarrón y Macpitufo, dos de los macarrones más coloridos de toda mi familia.
-Como estamos de vacaciones, se nos ocurrió hacerte una pitufovisita -comentó Macpitufo ilusionado.
-¡Huk! ¡Huk! -le secundó Hulkarrón, dándome a entender que seguía siendo tan brutito como en los viejos tiempos.
-Vaya… qué sorpresa -dije fingiendo mi mejor sonrisa.
Siempre he sido un macarrón muy familiar. Como decía mi tatarabuelo, el viejo Boloñesa, “la familia es lo primero”. Y a mí siempre me ha gustado disfrutar de las reuniones familiares. Pero en todas las familias existen personas con las que tienes un poco menos de trato. Y era justo lo que me pasaba con Hulkarrón y Macpitufo. A ver, uno era de color verde y otro de color azul. ¿A quién se le ocurre salir por ahí con un macarrón verde y otro azul? Aparte de los colores, ellos vivían muy lejos y apenas nos habíamos visto en los últimos años. Pero el verano es lo que tiene: a la que te descuidas, te encuentras con una visita familiar inesperada.

Tres polos. Fue lo primero que me costó la aparición de Hulkarrón y Macpitufo. Intenté convencerlos para que fueran a ver el espectáculo del Circo de Pulgas que ofrecían en la Calle Mayor, pero ellos dijeron que preferían venir conmigo.
-Chicos, el problema es que me pilláis en medio de un caso y yo tengo que seguir trabajando -les expliqué-. Los detectives de verdad nunca hacemos vacaciones.
-Iremos contigo. ¡Qué emocionante! Siempre quise ser un pitufodetective.
-¡Huk! ¡Huk!
Nada, no hubo forma de quitármelos de encima. No tuve más remedio que aceptar que me acompañaran.

Andrea C (Beniajan, Murcia)

Me habían pasado un soplo interesante. Se ve que en la Avenida Madison había un viejo gimnasio muy frecuentado por los ratones. Según mis fuentes, por allí paraba Ratranca, una rata muy conocida en los bajos fondos que organizaba combates de boxeo y que solía estar al día de lo que se cocía en el mundo del crimen. Quizá apretando un poco a ese tal Ratranca lograría saber algo sobre el paradero del Ratoncito Pérez.

Tardamos un poco en llegar porque Macpitufo me hizo parar en todos los monumentos que encontramos a nuestro paso para hacer pitufotografías con su cámara de un solo uso. A pesar de eso, el gimnasio presentaba una gran animación. No puedo decir que nuestra llegada pasara desapercibida. No es muy frecuente ver a un macarrón en un gimnasio y menos aún de color verde o azul. En mitad del gimnasio había un pequeño ring de boxeo sobre el que entrenaban dos ratones. Uno de ellos, muy musculoso, pegaba unos golpes que no veas.

Noelia G (Salamanca)

Enseguida encontré a Ratranca. Quiso hacerse el tipo duro conmigo, pero yo tengo mis métodos para soltar la lengua a cualquiera. En menos de 15 segundos tenía una clara respuesta a mi pregunta:
-No tengo ni idea de qué me estás hablando. Jamás he visto a ese tal Ratoncito Pérez.
Ya tenía claro que el tal Pérez estaba limpio. No tenía nada que ver con el mundo del crimen. Así que el círculo seguía estrechándose.

Alicia D (Talavera de la Reina, Toledo)

Estaba ya tomando la puerta de salida cuando, de pronto, me acordé que había entrado allí con mis primos. Al girarme tuve el tiempo justo de ver cómo el ratón boxeador le propinaba un contundente derechazo a Macpitufo, lanzándole fuera del ring. Logré placarlo antes de que cayera al suelo.
-Pero, ¿se puede saber qué haces?
-Siempre había querido ser un pitufoboxeador -murmuró, llevándose la mano a la mandíbula y quejándose de dolor.

Esperé oír la voz de Hulkarrón, pero en este caso no hubo respuesta por su parte. Extrañado, me giré y vi que Hulkarrón había entrado en el ring. El inconsciente del ratón boxeador se fue directo hacia él. Hulkarrón le lanzó su golpe secreto, conocido en nuestro ámbito familiar como el “macarronazo atómico”, y el ratón salió como una bala hasta estamparse contra la pared más próxima. Todos los ratones del gimnasio se quedaron boquiabiertos. Antes de que alguno se enfadara de verdad, agarré a mis primos y salimos de allí a toda prisa.

Continuará…

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