Aldente y el caso del ratoncito. Capítulo 8: “¡Acorralado!”

Ahí me tienes, tratando de huir como un loco de las garras de esa fiera. Supongo que te preguntarás qué hace un detective privado como yo en una situación como esa. ¿Crees que me gusta ir al zoo para terminar perseguido por leones, tigres y leopardos? No es mi deporte favorito. Pero, a veces, no siempre se puede hacer lo que a uno más le gusta.

Permíteme que recuerde cómo yo, Macarrón Aldente, me convertí en el almuerzo de las fieras de este zoo. Estaba trabajando en el caso de la desaparición del Ratoncito Pérez cuando, aprovechando las vacaciones, comenzaron a presentarse en la ciudad algunos de mis familiares: mis primos Hulkarrón y Macpitufo, y poco después mi sobrino Súper Mac. Así estaba la cosa cuando mi eficaz ayudante, Magdalena Morena, me comunicó que alguien había llamado asegurando haber secuestrado al Ratoncito Pérez. Convencí a mis familiares para que echaran una partida de parchís con Magda (medalla de oro en el Encuentro Nacional de Juegos de Mesa para Magdalenas y Bizcochos), mientras yo esperaba una nueva llamada del secuestrador. No se demoró. Una voz misteriosa me citó en el Zoo Central.

Salí disparado para allá. Aunque dije que se trataba de un asunto de trabajo, todos mis familiares insistieron en acompañarme. Les hacía mucha ilusión conocer el Zoo Central. Robotijo también se apuntó con la excusa de ver animales. Yo entré con tanto ímpetu que no me di cuenta de que algo raro pasaba hasta que observé que todos mis acompañantes habían sido encerrados en la jaula de los osos pardos. La presencia de Hulkarrón y Robotijo me hizo temer por la salud de los osos, pero no tuve tiempo de ayudarlos. Para cuando quise reaccionar, observé que yo estaba… ¡¡acorralado!!

Alguien con muy malas intenciones se las había ingeniado para rodearme con un grupo de fieras hambrientas: leones, tigres, panteras, leopardos, todos presumiendo de colmillos y con aspecto de tener mucha hambre. No tengo nada en contra de los gatos, pero he de reconocer que no me sentí cómodo jugando al corro de la patata con aquellos felinos. Pensé en echar mano de mi revólver para comenzar a repartir plomo sin descanso hasta que recordé que Magda me lo había pedido prestado para limarse las uñas con el punto de mira de la pistola. Es una rara manía que tiene. Al verme desarmado, sentí en lo más profundo de mi ser las últimas palabras de mi tío Risotto Verde: “La velocidad de un hombre depende en gran medida del peligro que le persigue”. Y, aunque yo había sido un notable atleta en mi época universitaria, me pareció más adecuado huir de allí al volante de un veloz jeep del zoo que encontré a mano.

Martín I. (A Coruña)

Gracias a mi pericia como piloto, logré despistar a todas las fieras menos a un leopardo que me había tomado especial cariño. Durante una frenética carrera, recordé que los macarrones no forman parte de la dieta de estos felinos. Entonces frené el vehículo en seco.
-Oye, majo. ¿Tú comes macarrones? -le pregunté un poco cansado de tanto escapar.
-Pues no, la verdad -reconoció él un tanto desorientado.
-¿Y por quién me habías tomado? ¿Por un pollo al ajillo?
El leopardo se encogió de hombros y se marchó. Yo pisé a fondo el acelerador para llegar cuanto antes a la jaula de los osos pardos. Como me había temido, los pobres animales estaban en una esquina aterrorizados. Hulkarrón no hacía más que insistirles para que jugaran a la pelota con él.
-¡Huk! ¡Huk!

Carmen V (Huelva)

Mientras sacaba a mis familiares de allí para mayor seguridad de los osos, en mi mente se dibujó la imagen del único que podía haber planeado una trampa tan maquiavélica: mi archienemigo Pistacho Mamarracho, uno de los criminales más temidos del planeta. ¿Sería el responsable de la desaparición del Ratoncito Pérez?

CONTINUARÁ… 

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