Aldente y el caso del ratoncito. Capítulo 11. “Hasta los macarrones necesitan vacaciones”

El viaje en tren hasta Playa Solete podría haber sido hasta agradable. Pero no tuve suerte. Junto a mí se sentó una Pera, limonera para más señas, que se empeñó en contarme todo lo que había hecho este verano. Y lo cierto es que la Pera había viajado sin parar. ¡Qué manera de hablar!

Para un detective privado de primera categoría como yo, Macarrón Aldente, no hay mayor satisfacción que cerrar un caso. Y tenía la certeza de que estaba a punto de resolver la misteriosa desaparición del Ratoncito Pérez. Sin parar tan siquiera a tomar un bocadillo de aceitunas negras (mi favorito), fui directo al paseo marítimo. Pese al día soleado no había demasiada gente en la playa. Por eso conseguí distinguirlo con rapidez. Estaba debajo de una sombrilla, tumbado en su toalla, con las gafas de sol y unos auriculares conectados a un MP4. Me acerqué hasta él y le di unos golpecitos en el hombro.

-El señor Ratoncito Pérez, supongo.
-¿Quién pregunta por mí?

Me eché hacia atrás el sombrero y me agaché junto a él.

-Mi nombre es Aldente, Macarrón Aldente. Y soy detective privado. Llevo todo el verano tras su pista, Ratoncito. Me contrataron para dar con usted, temiendo que su desaparición fuera debida a algún contratiempo. Pero veo que no es el caso.
-¡Vaya, ya estamos! -protestó Pérez poniéndose de pie de un salto y sacándose las gafas de sol de un manotazo-. ¡Se acabaron las vacaciones! Seguro que han sido los niños…
-Estaban preocupados -comenté abriéndome un poco la gabardina. Hacía calor.
-Sí, sí, muy preocupados. Pero ¿ y por mí quién se preocupa? -dijo indignado-. No se hace una idea de la cantidad de dientes que tengo que recoger cada noche. ¡Y lo que pesan! Que algunos niños en lugar de dientes parece que tienen troncos. ¿Acaso no me merecía un descanso? ¿Unas pequeñas vacaciones?
-Ya, pero los niños…
-Los niños se podían haber esperado. ¡Que se les caigan los dientes en invierno! Y los padres… ¡ah, los padres! También podían haber echado una manita. Pero no, tengo yo que hacerlo todo. Como siempre.

Fátima R. (Logroño)

No dije nada porque comprendí que el Ratoncito Pérez estaba muy enfadado. La clásica pataleta de la vuelta al cole. En unas horas se le pasaría. Le observé recoger la sombrilla, la toalla y dirigirse muy indignado hacia la estación de tren.

Pensé en acompañarlo. Sin embargo, me quedé unos instantes contemplando el mar desde la arena de Playa Solete. Se estaba realmente bien allí. Y, por casualidad, llevaba conmigo la maleta de urgencias: siempre equipada con una toalla, bañador y gafas para bucear. Por eso decidí darme un respiro. Al fin y al cabo, había conseguido resolver el caso. Como siempre. Y lo cierto es que hasta los macarrones necesitan vacaciones.

FIN 

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