Relato de Terror: “Una dieta zombi” (¡Ay, qué miedo!)

Todo ocurrió en la noche de Halloween. Estaba tan contento en casa, dispuesto a hacerme un maratón de películas de Scooby-Doo, cuando de pronto sonó la puerta. Al abrirla, me quedé asombrado. Primero porque al chico que estaba ahí plantado no le conocía de nada. Y segundo, porque el pobre tenía una mala cara tremenda: paliducho, con ojeras, los dientes así como raros… No sé, no daba muy buena espina, la verdad.
-Hambre… -dijo con una voz tenebrosa.

Yo me quedé mirándolo unos minutos. Desde luego, más desaliñado no se podía ir. Pero no me gusta dar a nadie con la puerta en las narices, siempre me ha parecido de mala educación. Por eso le pregunté:
-¿Quiere usted que le haga un bocadillo de jamón?
-Hambre… -insistió el muchacho.
-Si no le gusta el jamón, creo que me queda algo de chorizo.
-Hambre… -dijo de nuevo ya en plan un poco cansino. Y, en esta ocasión, además de decirlo, se lanzó sobre mí con la boca abierta. Vaya, que el tipo quería darme un bocado. Estaba hambriento de verdad. Yo retrocedí e intenté lanzarle unas galletas al vuelo, a ver si lo calmaba. Pero nada. Estaba empeñado en hincarme el diente.
-Hambre… -oí a mis espaldas. Casi me dio un pasmo cuando, al volverme, me encontré con una señora muy despeinada y pálida que, como el otro chico, me miraba como si yo fuera un pollo en pepitoria.

La cosa se estaba poniendo un poco fea. Logré hacerme con una bolsita de cacahuetes y se los fui lanzando al aire para ver si eran capaces de cazarlos al vuelo. La clásica maniobra de distracción.
-Hambre… -un tercer individuo que iba muy encorvado y con un brazo como al revés se sumó a la fiesta. A ninguno de los tres les hizo la más mínima ilusión lo de los cacahuetes. Y yo ya estaba un poco cansado de ir tirando comida por todos lados. El suelo se estaba poniendo imposible. 

De repente, estos extraños individuos comenzaron a rodearme. Aparecieron seis o siete más. Todos con la misma mala cara y con la misma mala intención de darme un mordisco. La sangre se me congeló al comprender que no eran personas normales, sino zombis. Pero no comprendía nada. De todos es sabido que lo que comen los zombis es carne humana. ¿Por qué entonces estaban empeñados en convertirme a mí en su cena? En unos segundos, salí de dudas y saqué dos rápidas conclusiones: la ciudad estaba tomada por los zombis y los zombis habían cambiado de dieta.
-¡Estas vacaciones queremos macarrones, estas vacaciones queremos macarrones! -comenzaron todos a corear de una de forma siniestra. Estaba rodeado, sin salida, espantado… ¡Era el fin!
-Al, despierta. ¡Al!
Abrí los ojos y me encontré con la mirada dulce y tierna de Magdalena Morena. Me sentí bañado en un sudor frío. Pero ya pude respirar tranquilo. Hasta los macarrones sufren pesadillas de vez en cuando. Y yo, Macarrón Aldente, el detective con mejor pasta del mundo, no era una excepción.

¡¡Feliz Halloween!!

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